
Pleno noviembre de 2011. Los niños acuden a sus centros educativos por la mañana, temprano. Las caravanas de coches se dirigen hacia la capital para llevar a cabo las actividades diarias y algunos ultiman el cierre de los negocios de temporada. En pleno noviembre nada parece indicar que en poco más de un mes será Navidad, por las agradables temperaturas que disfrutamos no propias del otoño. Pero hay un elemento que nos recuerda que haga la temperatura que haga, será Navidad… las luces decorativas de los pueblos y capital.
Las brigadas municipales se organizan. Las cestas elevadoras mantienen a los operarios en las alturas de nuestras calles y plazas. De repente, miles de luces, como luciérnagas que hibernan en sentido contrario, se preparan para la llegada de la época navideña, para el día del ansiado encendido. Los centros comerciales y las calles peatonales que acogen pequeños y grandes comercios, se hacen con los servicios de electricistas, decoradores y otro personal para decirle a todo el mucho que pronto celebraremos la natividad de Jesús. En nuestras casas, desempolvamos el árbol, las luces, el belén y el papa Noel con sus ciervos y trineo. Las calles y los hogares se preparan para la Navidad.
Llegando diciembre de 2011. Si salimos a la calle y vemos personas de azul, elevadas como ángeles modernos, con monos de trabajo, que parecen nomos salidos del polo norte… no son ayudantes de Santa Claus. Son las personas que hacen posible que la magia de Navidad se traslade a nuestros espacios públicos. Quedando todos a la espera de que las luciérnagas artificiales multicolores y polimórficas, ésas que sólo proliferan en Navidad, hagan acto de aparición el día de su encendido.
